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12月21日 Saliendo del clóset: La Difícil Decisión.Hello!. Escribo hoy en respuesta a las muchas preguntas qué amigos y amigas vía e-mail ó Messenger
me han hecho llegar. Desean saber cuán difícil fué para mí el salir del clóset y aceptarme tal y cómo lo
que soy: un chico gay. Bueno, les digo qué no fué nada fácil, pero lo he logrado, y aunque la batalla no
está ganada, he hecho muchísimos avances. Les contaré algo sobre esta triste pero a la vez emotiva
etapa de mi vida.
Cuándo yo, Cristian Del Valle, descubrí mi gusto por los chicos, tenía 17 años recién cumplidos. Para ese
entonces ya había tenido varias novias, he incluso ya había tenido relaciones con ellas en diversas
ocasiones. Siempre supe que habían chicos que se me hacían lindos, y el que ellos me abrazaran siempre
me hizo sentir bien, muy bien. Pero nada que uno interprete más allá de lo acostumbrado. Una tarde,
conocí a mi primera pareja, Luis Enrique, saliendo de un restaurante cercano a casa. Entablamos conversación
y charlamos durante horas. Esa noche él me preguntó sí quería salir con él a pasear por la ciudad en su
motocicleta. ¡¡¿Quién no quiere?!!. No lo pensé ni un sólo segundo y dije que sí. Estuvimos recorriendo la
ciudad de punta a punta durante un par de horas, hasta que nos quedamos charlando en un parque a
40 minutos de mi hogar. Él me dijo que tengo linda sonrisa, yo le dije gracias, tú tienes una mirada muy
linda también fué lo que respondí. Me jaló hacia él suavemente y me besó. Por primera vez en mi vida sentí
lo que era besar a un chico. Y les juro que ha sido el momento más decisivo de mi vida, y atesoro ese
momento cómo nada he atesorado desde entonces. Me abrazó y me tuvo recostado en su pecho, jugando
mi cabello, hasta que ví el reloj y eran las 3 de la mañana. Me llevó a casa, nos despedimos nuevamente
con un beso y me pidió volverme a ver al día siguiente. Yo le dije que sí, qué nos vieramos
en el mismo restaurante a la misma hora.
Esa noche no dormí, y todo el día me la pasé flotando. Estaba aquí pero tampoco estaba al mismo tiempo.
Parecía una adolescente con su primer noviazgo. Cuándo nos volvimos a ver, me invitó a tomar unos tragos.
Yo jamás en mi vida había tomado nada de alcohol. Pero acepté. Él y un amigo suyo me hicieron compañía
hasta las dos de la mañana en el bar. Mis padres, preocupados, mandaron al chofer a buscarme por toda
la ciudad, mientras ellos también lo hacían en hospitales y comisarías. Cuán grande fué mi sorpresa cuándo
los ví entrar al bar, a los dos, visiblemente preocupados por mí. Mi papá me dijo que no había problema, que
me tomase algunas copas más y que luego fuese a casa a descansar. Mi mami fué la que no me quería
soltar, cómo sí me fuesen a mandar a Irak al día siguiente. Esa noche, hice el amor con un chico por primera
vez en mi vida. Sin palabras. Enrique fué y será siempre mi primer gran amor. Me enseñó muchas cosas, me
enseñó que amar a un igual no es tan diferente cómo muchos tratan de hacernos creer. Amanecí en sus brazos.
Así, pasaron dos meses. Pero mis salidas eran cada vez más frecuentes y cada vez más prolongadas. Una noche
llegué a las cuatro de la mañana, y al entrar a casa, mi padre me recibió con una bofetada que me hizo golpearme
contra una vitrina. Me dijo que no eran horas para estar afuera. Él ya se imaginaba qué sucedía. Es un hombre
muy conocido y por ende yo también lo soy. No faltó persona que le fuese con algún comentario al respecto.
En esa esquina me quedé, sentado, llorando, sin atreverme a escupir la sangre que retenía en la boca. Por
extraño que parezca, el golpe encendió el equipo de sonido, y mi cd de Dido empezó a sonar. "Here with me"
fué la canción que me hizo llorar allí, en silencio, durante una hora. Aún lloro cuándo escucho esa canción.
Mi mamá no podía aceptar qué su único hijo fuese gay. Es una mujer abnegada y muy religiosa, pero con una
forma de pensar muy conservadora. Ella obedece a mi padre en todo sin cuestionar nada. Cómo las damas de
antes. Sé que quizo abrazarme y consolarme, pero el temor a la ira de mi papá la detuvo. Al día siguiente me
fuí a la escuela, pero no entré. Le llamé a Enrique por teléfono (por cierto para ese entonces yo ya tenía celular
pero no me gustaba usarlo mucho, por eso mis padres no me localizaban), y me gustó su manera de reaccionar.
Dejó su trabajo para estar conmigo ese día. Comimos juntos y estuvimos los dos el uno al lado del otro hasta
que se hizo de noche. Pero por ironías de la vida, esa noche mi padre salió hasta tarde de su oficina gracias a una
junta a las cuáles estoy tan acostumbrado. Y nos encontró a ambos. Falta decir que mi padre casi mata a Enrique.
Él se defendió, pero mi papá es un oficial retirado y sabe cómo liarse con alguien a golpes. Cuándo ví que Enrique
cayó al suelo, me arrojé sobre mi padre para detenerlo, pero él me tomó del brazo y me subió a su automóvil.
Llegamos a casa. Le dijo a mi madre, furioso, qué al día siguiente yo me iría al Heroico Colegio Militar para corregir mi inapropiada conducta. Un hijo suyo no sería un "maricón", gritó. Mi madre sólo me miró y agachó la
cabeza. Yo subí a mi recámara y lloré abrazado a un pequeño tigre de felpa hasta quedarme dormido.
Amaneció. A las siete de la mañana, mi padre entró a mi recámara. Me levantó de un manotazo, le pidió
a la empleada de la casa que me preparase una maleta con algo de ropa, y me llevó hasta el aeropuerto.
Me dijo qué un gran amigo suyo, coronel, me esperaría en el aeropuerto del D.F. para conducirme a lo que
sería mi nueva escuela. - Corregirás ese estilo de vida Cristian, ó morirás en el intento- dijo. Sentí venirse
el mundo encima de mí... le rogué a Dios qué me matara en ese momento. Pero no lo hizo.
Durante todo el vuelo pensé mucho en Enrique. Al llegar a México inmediatamente fuí transladado a las instalaciones
del Colegio. Mi entrenamiento empezó tan pronto me instalé. Fué 1 año de trabajo arduo, de sufrimiento más
allá de lo tolerable para mí. Pero no me rendí, no me dí por vencido. Le íba a demostrar a mi padre que el hecho
de que yo amara a un chico no me hacía dejar de ser uno también. Me hice de 7 buenos amigos, y aprendí muchas
cosas buenas. Demostré aptitudes para francotirador, lo que me ganó el respeto y la admiración de los oficiales
e inclusive del coronel amigo de mi papá, el cuál le habló maravillas de mí más tarde tengo entendido.
Pero por las noches, cuándo todas las luces estaban apagadas, cuándo el silencio reinaba en los dormitorios,
me cubría de pies a cabeza y le pedía a la Virgencita que cuidara a Enrique por mí. Tenía prohibidas las llamadas,
inclusive las cartas. Durante todo ese año no dejé de recordar el poco tiempo que pasamos juntos, lo que me
permitió seguirlo amando a pesar de la distancia y el alejamiento.
Cuándo mi hermana, que estudiaba en Canadá en ese entonces, supo lo ocurrido, viajó hasta Nuevo León
para solucionar las cosas. Mi papá es un hombre muy duro, pero entre copas admitió que le pesaba el haber
tratado así a su hijo favorito. Pero dijo sentirse decepcionado de mí por ser así, por ser gay. Lloró cómo nunca
en su vida lo había hecho esa noche. Me extrañaba. Mi hermanita aprovechó eso para pedirle que me sacase del
Colegio y me trayese a casa. Papá siguió su consejo y al día siguiente, en la noche, yo ya estaba nuevamente
con mi familia.
Poco a poco le fuí demostrando a mi padre que nada en mí había cambiado por ser gay. Él temía verme vestido
de mujer, con amaneramientos y cosas así, pero no, nunca sucedió. Seguí y sigo siendo el mismo Cristian de siempre,
el mismo chico orgulloso, alegre, megalomaniaco y divertido de siempre. Una tarde mi papá me llevó al rancho
de la familia. Me pidió que le disparase a una vaca que estaba a 250 metros de distancia con un rifle. De un sólo
disparo el animal cayó al suelo, muerto. Allí mi papá dijo algo que me hace sentir muy bien cada vez qué lo recuerdo:
-Chingados!, ese es mi hijo carajos, igualito a su padre y a su abuelo!-. Me abrazó y volvimos a casa. Luego supe
qué tanto él cómo él abuelo eran muy buenos tiradores. Mi padre y yo empezamos a estrechar lazos. Tomábamos
juntos, íbamos a los juegos juntos, e inclusive platicábamos de amores y desamores. Él de chicas, y yo, de chicos.
Ahora, él se refiere a mi orientación cómo "mi mundo". Siempre me dice: -Cristian yo no sé cómo lo hagan
en tú mundo, pero aquí en el mío (en el plano heterosexual), se hace así y así...- ha cambiado mucho. Me acepta
y me quiere, trata de entender mi vida e inclusive me aconseja cuándo abiertamente le digo que sufró por algún
chico. Cualquier otro padre me hubiese echado a la calle. Pero él no. Porque me ama. Aún hay cosas qué sé
no cambiarán, cómo él hecho de qué él desee un nieto de mi parte (cosa que cumpliré sin duda), ó que yo
entendiera que el mundo no es "color de rosa" (a mí se me puede venir el cielo encima y yo cómo si nada),
pero me quiere mucho y hoy, inclusive pregunta por su yerno, por mi pareja. Mi madre me ama y siempre me ha
amado, eso lo sé, y con eso me basta. Mi hermana me adora, y me ama así fuese yo lo que fuese. Mi familia
no es precisamente perfecta, pero hemos logrado salir adelante. A Enrique lo amé mucho en su momento, pero
al final de cuentas las cosas no funcionaron. Él es casado. Aún pienso en él de vez en cuándo. Y le agradezco que
me haya abierto la puerta a este mundo, en el cuál no todo podrá ser color de rosa, porque se sufre y se llora igual
que en el otro, pero en el cuál he aprendido a ser fuerte por mí mismo y a defender todo áquello que merece ser
defendido, a no tolerar a la gente retrógrada e intolerante, y a valerme de mis recursos para apoyar a mis hermanos en situaciones parecidas.
Siempre seré Cristian, siempre, eso, nunca cambiará... :) 评论 (12)
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